Conclusiones generales

AutorMauricio Jaramillo Jassir
Páginas314-336
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Populismo y democracia: una relación
para desmiticar
En los últimos años, se ha denunciado el populismo como una práctica
nociva para la democracia. El diario Financial Times designó el término
como el más inuyente de 2014 (Barber 2014) y la Fundación del Español
Urgente (Fundéu  ), dedicada a la promoción de la lengua espa-
ñola, hizo algo similar en 2016, consecuencia de movimientos populistas
que aparecieron en varios sistemas políticos y el miedo que suscitaron por
su posible impacto sobre la democracia liberal. La palabra se ha convertido
es una suerte de muletilla, a la que han despojado de su sentido original
hasta convertirla en un adjetivo para descalicar a opositores.
Bajo esta lógica, ha sido normal considerar al populismo una regresión
o retroceso democrático; sin embargo, es necesario analizarlo más allá de
las concepciones peyorativas, algunas de las cuales impiden su exploración
rigurosa, así como bajo una óptica pragmática y no ideológica que permita
entender su verdadero impacto sobre la democracia o la democratización,
según sea el caso. Lo primero que se debe aclarar es el contenido ambiguo y
polisémico del término, que es producto de las contradicciones propias de
los regímenes representativos. Rara vez, una noción del ámbito democrático
despierta consenso respecto de su signicado. De forma especíca, la pato-
logía de la representación o la ausencia de anidad constituye la principal
“enfermedad” en medio de la cual tiende a surgir el populismo, como una
fórmula de corrección para reestablecer los canales participativos, no solo en
la lógica de la integración, sino para que esta tenga un impacto transformador.
Es decir, el populismo responde a la reivindicación de que el propósito de
la participación en una democracia debe ser sin excepción la trasformación.
Uno de los propósitos centrales de este libro consiste en entender el
populismo como una práctica política típica de procesos democratizadores
estancados. Para ello, se pretende retomar el carácter liberador del populis-
mo, el cual ha sido instrumentalizado para profundizar la democracia o, al
menos, en algunos casos, provocar dicha ilusión. El politólogo e historiador
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ecuatoriano Carlos de la Torre (2009, 26), ampliamente referenciado en este
libro, no solo considera que el populismo no constituye la antítesis o una
amenaza para la democracia, sino que es un mecanismo democrático que
ha promovido la participación en varios casos de la región andina, a saber,
Bolivia, Ecuador y Venezuela (este último hasta 2009). En este sentido, se
debe entender el populismo como una respuesta a la inecacia del Estado
en el marco de una democracia, por lo que Margaret Canovan (1999) consi-
dera que el populismo no solo no es contrario a la democracia y que puede
ayudar el proceso: va más allá para armar que se trata de un componente
esencial de la democracia moderna. A su juicio, el populismo se sitúa entre
dos valores: la imagen idealizada de la democracia y la concepción normativa
liberal, por lo que debe posicionarse dentro de los márgenes de ambos para
considerarse democrático. Por ende, esta práctica debe estar en capacidad
de recrear el ideal democrático, manteniendo un respeto por el Estado de
derecho, para asumirse como un elemento legítimo de democratización.
Chantal Moue (2015b) retoma la idea del antagonismo presente en
Carl Schmitt, a partir de la cual propone una redenición de las categorías
con las que se construye la democracia. La autora fustiga la democracia
deliberativa, frecuentemente presentada o asumida como la versión más
elaborada de tal sistema, pues a su entender pretende suprimir dichos anta-
gonismos y, lo más crítico, se aleja de elementos constitutivos de lo político,
como las pasiones y las emociones, a su vez factores fundamentales de la
democracia. Desde esa reexión, que toma en cuenta lo político como el
espacio de choque, encuentro, deliberación y disputa de aspectos ligados
al manejo del poder (y no la política como un conjunto institucional y una
realidad jurídica), propone una democracia radical, en la que se tengan en
cuenta deniciones no hegemónicas y que, por tanto, no acarreen un orden
social, sino una idea de comunidad con una identidad política, en la que
prevalezca lo colectivo y no lo individual, como ocurre con la democracia
liberal. “Un proyecto de democracia radical y plural, por el contrario, re-
quiere la existencia de multiplicidad, de pluralidad y de conicto, y ve en
ellos la razón de ser de la política” (Moue 1999, 39).
Estas nociones de pluralismo y de ciudadanía son claves para entender
que la democratización prolongada y excepcional —doblemente porque
solo unos pocos la consiguieron a cabalidad y porque cada uno presenta
unas características bien atípicas— de los regímenes jóvenes tiene más que

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