Representación y participación en las Constituciones de 1998 y 2008

Autor:Vicente Manuel Solano Paucay
Páginas:19-75
 
Democracia participativa y meritocracia:
¿Entre la división de poderes y la participación ciudadana?
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La democracia representativa: caracterización
Perfeccionar la democracia a se ha convertido en uno de los anhelos más
caros de los pueblos, con el objetivo de lograr una mayor participación
en las decisiones de quienes dirigen el Estado y garantizar que estas
sean expresión de la voluntad popular. Se aspira a que los ciudadanos
se conviertan en los reales protagonistas de la historia y no sean meros
espectadores de lo que hacen sus representantes. Consecuentemente
con esos deseos, en los últimos años se ha criticado fuertemente a
la democracia representativa. En tal sentido, Norberto Bobbio ya se
expresaban en relación al problema del Estado liberal:
Nos vemos obligados a constatar cada día más que la máquina estatal,
incluso la más perfecta, se ha hecho demasiado débil y demasiado
lenta para satisfacer todas las demandas que los ciudadanos y
los grupos le formulan. Este inconveniente está estrechamente
relacionado con la democracia, de la que puede considerarse un
efecto perverso, porque el régimen democrático es precisamente
aquel que más que cualquier otro facilita, y en un cierto modo
requiere, la presentación de demandas por parte de los ciudadanos
y los grupos.
2
Esto nos permite dilucidar que, mientras crece la exigencia de los
individuos y grupos sociales por el cumplimiento de sus derechos
y la mejora en sus condiciones de vida, más evidente se hace la
incapacidad del viejo Estado liberal burgués, para solucionar tales
2 Norberto Bobbio, Giulano Pontara y Salvatore Veca, Crisis de la democracia, Barcelona, Ariel, 1985,
p. 14-15.
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demandas. Aludiendo al modelo democrático representativo, Roberto
Gargarella expone que “se hizo un esfuerzo especial, entonces, para
que la realeza, la aristocracia y el pueblo contaran con un espacio
institucional formal, de modo tal que representantes de tales sectores
se encargaran, directamente, del cuidado de sus propios intereses”.3
De ello podemos inferir que, en realidad, la idea original era que
cada clase social o grupo debería tener sus representantes, los
cuales defenderían los intereses de sus representados. Esta es una
visión estrecha, que no denota la pluralidad y complejidad que
caracterizan a las sociedades actuales, compuestas por grupos
separados por diferentes condiciones, especialmente económicas,
políticas y culturales. En ese contexto, contando aun con los mejores
representantes, no se lograría solucionar la brecha entre quienes
representan y sus representados.4 Consecuentemente, el sistema
representativo no puede seguir siendo hoy el remedio para la
resolución de los problemas de la democracia.
Es pertinente establecer varias perspectivas de democracias, las que
se pueden englobar en lo que Marco Navas denomina minimalistas y
maximalistas.5 Es necesario puntualizar que, en este aspecto, Navas
toma la idea de Guillermo O’Donell, en el sentido de que la perspectiva
minimalista se considera como “la que ve a la democracia básicamente
como un sistema de delegación del poder, regida por un conjunto de
procedimientos que permiten la competencia entre distintas fuerzas
políticas y que llega a articular un sistema de representación por
vía electoral”6 mientras que es denominada maximalista “en cuanto
3 RobertoGargarella,“La concepcióndela democraciayla representaciónpolíticasobre losdécits
del sistema de ‘frenos y contrapesos’”, ponencia presentada ante el VI Congreso Nacional de Ciencia
Política, Universidad Nacional de Rosario, noviembre de 2003, p. 3.
4 Ver el caso argentino en Roberto Gargarella, Crítica de la Constitución: Sus zonas oscuras, Buenos
Aires, Capital Intelectual, 2004, p. 22-23.
5 Marco Navas Alvear, “Derechos a la comunicación y teorías de la democracia: Una aproximación al
planteamiento constitucional ecuatoriano”, en María Paz Ávila, Ramiro Ávila Santamaría y Gustavo
Gómez Serrano, edit., Libertad de expresión: Debates, alcances y nueva agenda, Quito, UNESCO-
OcinadelAltoComisionadoparalosDerechosHumanos,2011.
6 Ibid., p. 100.
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amplía el espectro de la democracia, en referencia tanto a su diseño-
implementación como a sus cometidos”.7
Antes de analizar estos dos modelos de democracia se ha denido que,
para el presente estudio, se entenderá a la democracia en el sentido
que anota Giovanni Sartori: “la palabra signica, literalmente, poder
(kratos) del pueblo (demos)” (énfasis del autor).8 Aunque coincidimos
con el autor, esa denición solo resuelve el problema etimológico, pero
se queda en un concepto básico. Bobbio por otro lado, la dene como:
“el gobierno de muchos, de la mayoría, o de los pobres (pero donde los
pobres han tomado la supremacía es señal de que el poder pertenece al
pléthos, a la masa), en síntesis de acuerdo con la misma composición
de la palabra, del pueblo, diferencia del gobierno de uno o de unos
cuantos” (el énfasis es del autor).9 Se entiende que la democracia es
el gobierno de la mayoría (podemos identicarla o no con el pueblo,
pero indudablemente, de la mayoría de personas que están dentro de un
Estado); en este caso especíco, del Estado ecuatoriano.
Por consiguiente, podemos inferir que se trata de dos modelos de
democracia: la minimalista, que mira al ciudadano prácticamente como
un espectador, apenas en contacto con el Estado dentro de la esfera
pública; y la maximalista, que muestra una visión amplia que incorpora
a los ciudadanos a la toma de decisiones y no se agota en una elección
de representantes que adoptan en su nombre dichas decisiones.
Con esta diferenciación se pueden apreciar, de mejor manera, algunas
características de la democracia representativa. Principalmente, es preciso
establecer la visión profundamente enraizada en la perspectiva griega10
de una democracia directa, que fue la primera gran transformación en
7 Ibid.
8 Giovanni Sartori, ¿Que es la democracia?, Madrid, Taurus, 1993, p. 3.
9 Norberto Bobbio, Liberalismo y democracia, México DF, Fondo de Cultura Económica (FCE), 1989, p.
32.
10 Robert Alan Dahl, La democracia y sus críticos, Buenos Aires, Paidós, 1991, p. 21-34.

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